El desaire del conde de Moctezuma al paseo del Pendón

Como todos los años, en 1697 la ciudad de México celebró el paseo del pendón, ceremonia que recordaba la caída de Tenochtitlan y renovaba la lealtad al rey. La ausencia del virrey José Sarmiento de Valladares, conde de Moctezuma, dio de qué hablar: se sospechaba que temía montar a caballo, pero también había algunos rumores políticos que mostraban tensiones en torno a la memoria de la Conquista

Detalle de acuarela sobre el desfile en ciudad de México por la jura del rey Luis I en 1724. Incluida en Pedro Antonio Avilés, Celebración que hizo el Illustre Arte de Platero a la Coronación de Nuestro Catholico Rey de las Españas (que Dios guarde) Don Luis Primero [Manuscrito]. Biblioteca Nacional de España.

Detalle de la pintura Arco triunfal erigido en la Catedral de Puebla para la entrada del virrey marqués de las amarillas. Atribuida José Joaquín Magón, 1756. Casa Museo Guillermo Tovar de Teresa.

Retrato del virrey José Sarmiento de Valladares, Conde de Moctezuma. Anónimo, ca 1697. Museo Nacional de Historia, Castillo de Chapultepec.

El desaire del conde de Moctezuma al paseo del Pendón

Diario de Giovanni Francesco Gemelli Carreri, 12 de agosto de 1697

Como cada año desde 1528 y hasta los tiempos de la Independencia, los días 12 y 13 de agosto, se celebró en la ciudad de México el aniversario de su rendición ante Cortés y fiesta patronal. Esta conmemoración era la base de una fiesta muy particular de la Monarquía hispánica, una en la que, con ella, cada ciudad ratificaba su lealtad al rey: el paseo del pendón. La edición de 1697, que tuvo su particularidad, contó con la mirada del viajero calabrés Giovanni Gemelli, quien la registró en su diario. “En la tarde (del día 12) se comenzó la solemnidad del Pendón, que es la mayor que se hace en México, en memoria de la conquista de la ciudad, terminada el día de San Hipólito.”

En las ciudades hispánicas que hacían esta celebración, por lo general lo hacían como parte de la fiesta un santo patrono. Desde la víspera, el estandarte real otorgado a su respectivo ayuntamiento, debía recorrer parte de la ciudad con una solemne comitiva de todas las autoridades y élites locales. El pendón y su ceremonia simbolizaban la presencia del rey y una ratificación de la sumisión a él: una forma de representar y ejercer del poder en un imperio inmenso y dividido por al menos un océano. Pero el paseo del pendón de la ciudad de México tenía, además, un carácter especial que lo destacaba y proyectaba entre los otros. No solo fue el primero en América, es decir, el que, retomando algunos elementos medievales, inventó esta tradición y sobre la que se derivaron las leyes y costumbres que regirían a los demás, sino además, conmemoraba algo más que una fundación urbana o un santo patrono: era un festejo de la Conquista misma.

Al describir el inicio de la ceremonia, dice Gemelli: “Juntos todos los regidores, los alcaldes ordinarios, el corregidor, y otros caballeros invitados por el ayuntamiento, tomaron el pendón o estandarte con que Cortés conquistó a México, y fueron al palacio del virrey en donde encontraron reunidos a todos los ministros.” Es decir, nombra a las autoridades, primero, de la ciudad de México, que son las que resguardan el pendón, así como de otros invitados. Pero más que eso, nos recuerda que, a diferencia de lo que podría ocurrir en otras ciudades, la fiesta de México rinde un mayor homenaje a Hernán Cortés y a la Conquista, que al propio rey. Gemelli dice que el pendón utilizado -el del ayuntamiento- era el de Hernán Cortés. Tal vez con ello refleja alguna creencia popular, pues por tradición se sostenía que ese estandarte más bien estuvo en la Universidad de México y, modificado y restaurado, sería el que hoy se resguarda en el Castillo de Chapultepec. Confusión del viajero o vox populi, en ambos casos subraya el aura cortesiana del paseo de la ciudad de México. Debe considerarse el lugar que tenía la caída de Tenochtitlan dentro del gran relato de la dominación hispánica en todos los reinos, sociedades y tierras que llegaron a conformar la Nueva España.

La comitiva del ayuntamiento, como señala Gemelli y como era la costumbre, se dirigió con el pendón hacia el Palacio, para reunirse con las autoridades ya no de la ciudad, sino del reino. De ahí comienza, entonces, una marcha formal, con timbales, trompetas, uniformes y caballos. Era grande el contingente: “cerca de cien e iban malamente montados a caballo.” La primera ceremonia, en 1528, fue a pie. Pero pronto se decidió que tendría una mayor solemnidad si se hacía a caballo.

Dice el viajero: “Salió de allí el acompañamiento en este orden: precedían dos atabaleros [timbaleros] sobre asnos, bestias muy estimadas en América; seguían tres trompeteros, doce alguaciles a caballo, y los dos maceros del ayuntamiento [funcionarios que portaban unas mazas de platas con las que simbólicamente abrían el paso de esa corporación], después los caballeros, los regidores, los alcaldes y el corregidor, y al último los ministros del tribunal de cuentas, los de la sala del crimen y los de la real audiencia, entre los cuales llevaba el pendón un regidor.” Este último era un cargo rotativo entre los regidores y honorario, que recibía el nombre ceremonial de “alférez real”. No siempre era sencillo nombrar uno cada año, pues se esperaba que éste cumpliese su función el día del paseo, ataviado con un traje deslumbrante, además de pagar por el "agasajo" o banquete que se ofrecería ese día a las autoridades asistentes, e incluso pagar por los toros de lidia. Como el gasto era tan alto, por un tiempo el cargo de alférez real estuvo a la venta entre los potentados de la ciudad. Así se aligeraba la carga financiera para el cabildo y el comprador ganaba prestigio social.

En cualquier caso, si uno presta atención a la descripción que hace Gemelli del contingente, en esa compañía había una muy sensible ausencia. Dice: “Disgustó a todos que el virrey no quisiera asistir y con ello contraviniese a la orden del rey, que por cédula especial había mandado que en esta solemnidad acompañase el virrey al estandarte y que fuese a caballo a su lado izquierdo, siendo causa de residencia la falta de cumplimiento d esta disposición”. Se trataba de José Sarmiento de Valladares, conde de Moctezuma, quien había llegado a la Nueva España apenas unos meses atrás. Es decir, éste sería su primer paseo del pendón. ¿Por qué no asistió?

“Se dijo que como había caído del caballo el señor virrey cuando entró por primera vez a la ciudad, temió que ahora le sucediese lo mismo y que por eso se quedó en el palacio.” Gemelli retomó aquí una anécdota de la que él mismo, páginas antes, cuenta un poco más de detalle: y es que la caída fue aún más vergonzosa de lo que parece. El día que hizo entrada solemne como virrey a la ciudad de México, fue “a caballo por la calzada de Guadalupe, acompañado de la nobleza y de los ministros”. Avanzó por las calles que hoy son Peralvillo y República de Brasil, hasta llegar a la iglesia de Santo Domingo donde lo esperaba, como era habitual en la recepción de virreyes, un arco triunfal. Ahí, debía parar, desmontar el caballo y, a puerta cerrada en el templo, “hacer la ceremonia de presentarle las llaves de la ciudad y que él hiciese el juramento de guardar los privilegios de ella”. Pero “queriendo apearse para ejecutar esto, le derribó el caballo y se le cayó de la cabeza la peluca”.

No solo quedó despelucado el virrey, sino que también se le cuestionaron sus credenciales como hombre de armas: “el animal era brioso, y el virrey, como letrado, muy poco práctico en cabalgar”. El diario prosigue describiendo el ceremonial de recepción, ya sin mencionar más sobre este incidente. No sorprende que, después de este evento tan bochornoso, si el virrey no acudió a la siguiente ocasión solemne que le exigía montar a caballo, la concurrencia sospechara que no estaba nada listo para ello. ¿Y si se volvía a caer? Estando tan fresca aún esa caída, tal vez el virrey no quería exponerse a los murmullos y expectativas de verlo montar de nuevo. Tal vez le apostaba al olvido de ese incidente.

Pero Gemelli también especula otra posibilidad que explicaría la ausencia del virrey en su primer paseo del pendón: “acaso le era penosa la memoria de la conquista”. No elabora más al respecto, pero no es un apunte menor. Sobre todo si consideramos que Sarmiento fue conde consorte de Moctezuma, es decir, había estado casado con la titular del condado y descendiente de Motecuhzoma Xocoyotzin, la cual había fallecido antes de que su marido viniera como virrey a la Nueva España. En su tiempo, se difundió la creencia de que el pariente directo del tlatoani era el propio Sarmiento, al grado de que corrieran rumores de que, ante el cambio de familia reinante en España de los Habsburgo a los Borbón -que ocurrió al mismo tiempo que el conde de Moctezuma era virrey-, Sarmiento se negaría a jurar al nuevo rey y querría levantar pendón, pero de independencia, bajo el nombre de Moctezuma. Esto no ocurrió, pero la especulación de Gemelli parece reflejar esa ansiedad por el presunto parentesco entre el virrey y el tlatoani.

Sobre el resto de la ceremonia del pendón de 1697, Gemelli concluye: “habiéndose dejado el estandarte en la iglesia de San Hipólito, regresaron todos con el mismo orden al palacio.

El martes, día 13, en que se celebra a ese santo, volvieron las mismas personas, con el expresado orden, a su iglesia, para asistir a la misa y llevarse después el estandarte”. Lo que no cuenta ya nuestro viajero es que terminado esto, era habitual una fiesta popular en la plaza mayor. 

El desaire del virrey no fue único a lo largo de los 300 años: hubo otros que intentaron cambiarlo de fecha o restarle relevancia. Casi siempre hubo problemas para completar el acompañamiento. Oidores y regidores conseguían excusarse de participar en la cabalgata pretextando que sus achaques no se los permitían. La temporada de lluvias suponía una clara complicación, hasta llegar al extremo de mejor realizar el paseo en carruaje, como se hizo ya a finales del siglo XVIII, no sin controversia. De haber tenido una significación asociada con la conquista como momento fundacional del reino, para principios del siglo XIX la decadencia de la ceremonia había ido en paralelo con la crisis del régimen colonial. Al final ya fuera objeto de burlas como la del célebre José Joaquín Fernández de Lizardi, quien en los primeros minutos del México independiente, le dedicó uno de sus mordaces artículos: “Vida y entierro de don Pendón”.