Ya nos morimos, ya nos morimos de hambre

En 1682, Puebla enfrentó un año de sequía y hambre. El precio del maíz y el trigo se disparó, y treinta españoles decidieron acaparar la producción de pan y tortillas, prohibiendo a los indígenas elaborarlos. La ciudad pronto quedó desabastecida y la gente clamaba por comida. Los habitantes de San Juan del Río respondieron con protestas y un memorial desafiante. Gracias a su presión, el alcalde restituyó su derecho a producir alimentos.

Anónimo novohispano, Detalle de Trabajos de los indios de Santa Inés Zacatelco para la reconstrucción de su iglesia, siglo XVIII, templo de Santa Inés Zacatelco, Tlaxcala.

Anónimo novohispano, Desposorio de indios, detalle de mujeres indígenas echando tortillas, en Joaquín Antonio de Basarás, "Orígenes, costumbres y estado presente de mexicanos y filipinos", tomado de Una visión del México del Siglo de las Luces. La codificación de Joaquín Antonio de Basarás, estudio preliminar y transcripción de Ilona Katzew, México, Landucci, 2006

“Ya nos morimos, ya nos morimos de hambre”

Anales de San Juan del Río, 21 de septiembre de 1682

Los Anales de San Juan del Río, en su registro de 1682, dicen: “En este año, seco y sin llover acordaron los españoles de encarecer el maíz”. San Juan del Río es uno de los muchos barrios indígenas que rodean la traza original de la ciudad de Puebla y que cuentan con su capilla y centro de barrio. Y, como otros de ellos, surgió desde el siglo XVI vinculado a la construcción de aquella Ciudad de los Ángeles. La escalada de precios que reportan los Anales para ese año no fue solo para el maíz, sino también para el trigo: “comenzaron sin motivo a subirlos en el mes de agosto”. Si bien Puebla estaba en el centro de una de las principales comarcas cerealeras de la Nueva España, esto no impedía que en ciertas circunstancias los granos básicos escasearan y la gente del común padeciera el riesgo del hambre.

El alza podría beneficiar a quien, a pesar de la sequía, hubiera conseguido cultivar estos granos; y además precisamente a finales de agosto comenzaría la cosecha. Sin embargo, lo que implicaría esa prosperidad para algunos, podría ser, por supuesto, devastadora para la mayoría. El pan y las tortillas, las dos principales fuentes de energía para la población, se habían encarecido en el valle de Puebla: “Pusiéronle postura de a peso la media fanega [de maíz]”.

Es difícil aproximar lo excepcional de este precio, pues el valor del maíz variaba enormemente no solo a lo largo de un mismo año, sino también por ciclos agrícolas y climáticos de más o menos una década de duración. Una fanega es una suerte de cajón de madera que puede ser llenado por diferentes granos o bienes. Es, pues, una medida de capacidad: lo que le cabe a ese cajón. Si bien puede haber muchas discrepancias, una fanega convencional podía ser llenada con unos 60 a 80 kilos de granos de maíz. Por contar con algún parámetro, podemos tomar la investigación que hizo Enrique Florescano sobre los precios del maíz en la alhóndiga de la ciudad de México a lo largo del siglo XVIII –es decir, en el siglo siguiente a este relato y en otro contexto. Ahí, una expectativa media del precio del maíz dentro de estos ciclos era de 1.5 pesos (12 reales) por fanega. Podía llegar a dispararse a más del doble, pero rara vez bajaba de los 10 reales. En este sentido, el precio que describen los Anales de un peso (8 reales) por media fanega sería ciertamente más caro que lo visto en décadas posteriores en la ciudad de México, pero es importante tomar en cuenta la somero de esta comparación.

En todo caso, lo extraordinario en ese año de 1682 no fue tanto el precio, sino la ventaja que decidieron tomar los españoles ante el alza y arbitrariamente acaparar el mercado en el siguiente mes. “Rigiendo ya septiembre se hacinaron y convinieron treinta españoles para que solo ellos hicieran el pan para abastecer todo el común de la Ciudad de los Ángeles”. Esta medida de concentrar la producción de pan y tortillas en apenas treinta personas fue impuesta a través de la fuerza pública: “la Justicia inmediatamente convocó a los inditos [macehualtzitzintin] para notificarlos que no hiciesen las tortillas, como en efecto lo suspendieron por término de tres días, bajo de pena no las hicieron, ni hicieron pan, quedando obligados los españoles a hacer lo último.”

Los Anales de San Juan del Río no son propiamente un diario. Se trata, más bien, de un documento producido por más de una persona en aquel barrio poblano y que registra en náhuatl, acompañado de ilustraciones y pictogramas, acontecimientos ocurridos entre 1610 y 1692. Brinda, así, una perspectiva indígena y desde ese barrio sobre los “sucesos notables” de la ciudad de Puebla. La traducción en español que ofrecemos en esta entrada proviene de una copia del documento que, encontrada junto con el original en el Archivo de la Catedral de Puebla, se realizó a fines del siglo XVIII. Esta copia fue firmada por un Joaquín Alexo Meabe quien, además, la organizó en una versión bilingüe. Siendo breve el documento original (32 fojas), para muchos de los acontecimientos incluidos apenas ofrece notas escuetas. Sin embargo, sobre este episodio que sensiblemente afectó a los habitantes de San Juan del Río, hay una mayor elaboración.

Los españoles que acapararon la producción de pan no tenían la capacidad de satisfacer la demanda… ni remotamente: “Mas no pudieron abastecer a toda la ciudad a los dos días ya estaban agonizando de hambre sus habitadores”. Para el 22 de septiembre, las cosas comenzaban a salirse de control: “lunes era día de san Mateo: al siguiente día martes ya era general la egencia [sic, en náhuatl dice apitzli, es decir, la escasez o falta de alimento] ya no se encontraba pan, ya no se encontraban tortillas ni en las tiendas ni en la plaza”. Ante esta situación, algunos se atrevieron a violar la prohibición: “Los que se arriesgaron a hacer a excusar las semitas huecas, luego que llegaban con ellas a la plaza (y lo mismo con las tortillas) se amotinaban sobre ellos los españoles”. Y encima les quitaban sus productos: “Ya del indio no se hacía caudal el que más pronto y recio se allegaba a ellos, ese se llevaba las tortillas”. Dicen los Anales: “todo era lágrimas y sollozos”.

La situación era tan insostenible que se descompuso para los acaparadores. “Aquí hubo gran conmoción de toda clase de gentes: así sacerdotes como españoles, seculares y indios todos iban a favor de los inditos.” Sin embargo, antes de que esto pudiera terminar en alguna revuelta o motín, se mantuvieron las formas institucionales. “De ahí hicieron estos [los macehualtzitzintin] un memorial que presentaron al Alcalde mayor”. Los Anales registran el contenido de esta suerte de pliego petitorio que era firme e incluso amenazante, pues no apelaba a la compasión, sino a la justicia: “Se perderá todo el servicio del Rey y sus tributos si suspenden nuestro oficio de hacer tortillas; que se hagan los españoles todos cuantos servicios impendemos y que paguen el tributo”.

Un tumulto acudió al ayuntamiento angelopolitano para reunirse con el alcalde Anastasio Coronel y Benavides y leerle el memorial. “Cuando subió este a su Palacio todos los niños y algunos de los hombres grandes clamaron diciendo por el Señor Capitán, ya nos morimos, ya nos morimos de hambre”. Su respuesta fue rápida: “oído este por el Alcalde mayor luego mandó con exigencia, que pusiesen el auto de provisión para que inmediata se pregonara que los inditos hiciesen pan y tortillas”. Dicen los Anales que “los españoles pidieron que los pusiesen en cautura [sic] (esto es, a los inditos) mas ellos se huyeron y los españoles pusieron el obedecimiento”.

Así concluye esta crónica de los Anales de San Juan del Río. El relato nos habla de muchas cosas, pero sobre todo de esa vulnerabilidad alimentaria a la que estaban permanentemente expuestas las sociedades preindustriales. Un mal año de cosechas estresaba todas sus estructuras de desigualdad: los poderosos encontraban formas de tomar ventaja y abusar, pero sobre todo el hambre hace su aparición con límites que, de cruzarse, pueden llevar a mayor violencia, muerte… o incluso a un endurecimiento del sistema o su quiebre. En este caso, el abuso de los acaparadores encontró rápidamente un freno luego de las protestas y la amenaza que lanzaron los indígenas. Diez años más tarde y en la misma región, en Tlaxcala hubo nuevamente tumultos por la carestía de alimentos. Y por esos días, en ese mismo contexto de sequía, hambre y denuncias de acaparamiento, la ciudad de México experimentó un motín popular que incluso destruyó el Real Palacio… No hubo entonces la prudencia del alcalde Benavides.