La milagrosa reintegración de los panecitos
En 1686 murió María de Poblete, célebre en la Nueva España por el supuesto milagro de “reintegrar” los panecitos de Santa Teresa: migas que, al caer en agua, volvían a tomar forma. Su fama recorrió conventos y ciudades, atrajo devoción y sospechas, y terminó bajo el escrutinio de la Inquisición. Esta historia —entre fe, prestigio familiar y posible engaño— revela cómo se construían, celebraban y disputaban los milagros en el siglo XVII.
La milagrosa reintegración de los panecitos
Diario de Antonio de Robles, 2 de diciembre de 1686
Dice Antonio de Robles que el lunes 2 de diciembre de 1686, “murió la hermana del señor deán D. Juan de Poblete, que lo fue de esta iglesia de Méjico”. Nunca proporciona su nombre, pero sí la refiere como “la del milagro de los panecitos de Santa Teresa”. El diarista está hablando de María de Poblete, una mujer que cuya fama trascendió la ciudad de México e incluso fuera de la Nueva España. La historia de sus panecillos siguió siendo contada por cronistas, historiadores y literatos en todos los siglos siguientes. Su milagro, dice Robles, consistía en que “los cuales panecitos echándose por mano de esta señora (difunta) molidos en polvo en un jarro de agua, salían perfectamente otra vez formados”. Es decir, María era capaz de reintegrar panes que habían sido deshechos.
Esto no funcionaba con cualquier pan. Debían ser aquellos que llaman de Santa Teresa. La tradición de hacer unos panes especiales para la fiesta de Santa Teresa en octubre había comenzado por las monjas carmelitas de Puebla, algunos años después de que llegaron a fundar el primer convento americano de su orden en aquella ciudad en 1604; tal vez después de 1622, año en que fue canonizada Teresa. Aunque hoy de forma mucho más discreta y limitada, esta tradición persiste hasta el presente. Incluimos en esta entrada la fotografía de los panecitos actuales, tomada por la madre Érika de San Pablo, de la comunidad de carmelitas descalzas de San José de Puebla.
De acuerdo con las descripciones de los panecitos, es probable que su aspecto, textura y sabor no hayan cambiado mucho a lo largo de los siglos: son redondos o a veces un poco ovalados, del tamaño de una hostia, un poco parecidos a las galletas marías. Pero, además, cada panecito lleva impresa una imagen de Santa Teresa –u otras figuras religiosas– que se hace con un sello o troquel que se pone sobre la masa antes de hornearlos. En el siglo XVII, según los relatos que tenemos sobre los panecitos reintegrados por María Poblete, las imágenes podían llegar a mostrar escenas muy intrincadas de la vida de la santa, aunque también había versiones más sencillas que apenas mostraban el nombre de Jesús.
En su momento, los panecitos fueron tan exitosos que comenzaron a hacerse en otros conventos y ya no solo poblanos y carmelitas, sino de toda la Nueva España. Quizás en ese tiempo habrán llegado a ser algo semejante a lo que hoy es el pan de muerto o la rosca de Reyes. Y con su fama sobrevino otra forma de consumirlos: el panecito de Santa Teresa podía molerse, despedazarse en migas, y las mismas religiosas las vendían para diluirlas en agua. Se creía que beber el polvo diluido podía curar muchas dolencias. Para la década de 1640, era posible comprar tanto el panecito como sus migas en muchos conventos de la ciudad de México. Y es en este punto que empieza la historia de María de Poblete.
En su libro sobre este caso, De panes y sermones, la historiadora Martha Lilia Tenorio analiza las fuentes disponibles: crónicas, sermones e incluso testimonios de la Inquisición. Los dotes milagrosos de María de Poblete surgieron cuando una religiosa del convento de Regina Coeli de la ciudad de México le dio polvos de pan de Santa Teresa para curar a su marido, que era un escribano cuyas manos se habían tullido. El 17 de noviembre de 1648, cuando María echó las migas en un jarro, en vez de disolverse, se volvió a formar el panecito, con todo y su imagen sellada. El marido, por lo pronto, ya no recibió ese tratamiento… y de hecho murió al poco tiempo, pero eso ya no importa. Ese día y por casi cuarenta años más, María de Poblete siguió reintegrando panes de Santa Teresa y consiguiendo la fama y el dinero por ello.
La voz se corrió. Como bien nos lo da a entender Robles en su diario, María pertenecía a una familia prominente de la Nueva España. Él menciona a Juan, deán de la Catedral, es decir, el eclesiástico de más rango dentro del templo catedralicio después del arzobispo, pero además fue decano de teología en la Universidad de México. Su otro hermano, Manuel, también había sido miembro de los cabildos de la catedral de Puebla y de la de México, además fue arzobispo en Manila y evangelizador. Estas conexiones de María daban a su milagro una mayor visibilidad y posible lustre a la familia. Uno de los panecillos reintegrados por María, por ejemplo, fue enviado a España y otro a Lima. Pero la exposición a la fama conlleva riesgos: ¿era verdad o era un engaño?
En su diario, Antonio de Robles dice que esta formación sobrenatural de los panecitos de Santa Teresa “se averiguó por varios modos”. Por treinta años, el milagro fue constantemente inspeccionado hasta que en 1677 fue considerado oficial. De hecho, el mismo Robles, en su entrada del 23 de agosto de ese mismo año, sin dar mayor contexto o información, anotó: “este día hubo junta para declarar el panecito de Santa Teresa por milagro”. En cambio, cuando ya registró la muerte de María el 2 de diciembre de 1686, sí brinda al menos un par de datos más: “jurídicamente se declaró por milagro por el excelentísimo e ilustrísimo señor arzobispo y virrey don fray Payo de Rivera”.
Martha Lilia Tenorio da cuenta de varias de esas inspecciones. María lograba casi siempre reintegrar el panecillo que le era solicitado tras molerlo ella, meter sus polvos en el jarro, taparlo, y tras esperar unos minutos. Con el tiempo incluso contaba con “la capitana”, un jarro de plata, que era el principal, y otros jarros secundarios que también podían repetir el milagro solo si la capitana lo hacía. De acuerdo con un fraile que sospechaba de fraude, cuando la reintegración no ocurría, María se excusaba diciendo: “No sé si saldrán, porque la Santa se suele ausentar y es una bellaca”.
A pesar de las sospechas, el milagro no solo fue “jurídicamente declarado”, como dice Robles, sino que a inicios de 1658 se le hicieron fiestas, con misas y sermones para celebrarlo. El domingo 2 de enero de ese año Robles anotó en su diario que “fue la fiesta del panecito de Santa Teresa”. Y veinte días después, el domingo 23, escribió: “fue la fiesta del panecito en Santa Teresa [es decir, en el convento carmelita de la ciudad de México], predicó el padre Antonio Núñez; asistió Su Excelencia [se refiere al arzobispo-virrey fray Payo Enríquez de Rivera]; cantó la misa el provisor d. Juan de la Barrera Chantre”. Antonio Núñez, el padre al que se refiere Robles, era en ese entonces el rector del Colegio Máximo de San Pedro y San Pablo; una de las figuras más prominentes de la Iglesia en la ciudad de México de ese tiempo y conocido hoy por haber sido, entre otras cosas, confesor de sor Juana Inés de la Cruz. Si bien Núñez de Miranda participó así de la fiesta, el sermón que dio ese día y que posteriormente fue impreso, fue cauteloso: su prestigio estaba de por medio. En su análisis del sermón, Tenorio señala cómo el jesuita enfocó su discurso a hablar de las enseñanzas catequéticas del milagro, pero no en su demostración. La normativa de la Iglesia en ese tiempo para aceptar nuevos milagros y fiestas era sumamente estricta, llena de requisitos, indagaciones, pruebas y tiempos de espera. Y la justificación de la reintegración de los panecitos todavía era endeble. No todos los clérigos estaban listos para echar las campanas al vuelo. Tal vez la prisa de fray Payo fue la precaución de Núñez.
El tiempo le dio algo de razón. La oficialidad del milagro naturalmente endureció los cuestionamientos. Y esta vez tendrían que resolverse, también, por canales oficiales. La investigación de Tenorio muestra que poco después el Santo Oficio inició averiguaciones en contra de María de Poblete, señalando que el milagro era más bien un engaño. Sus pesquisas se volvieron lo suficientemente sólidas como para abrir un proceso formal en 1682. Durante tres años, los testimonios se fueron acumulando y muchas personas fueron llamadas a declarar.
Por ejemplo, un fraile y una criada vieron a María esconder panecillos entre sus ropas, quizás para echarlos fugazmente al jarro en una distracción de sus testigos. O varias visitas y frailes de distintas órdenes veían sospechoso que, a pesar de que el panecito saliera reintegrado, la cantidad de harina o migas sobrantes en el jarro era prácticamente la misma que la inicial. También decían que si uno llevaba a María su propio pan, íntegro, para que efectuara el milagro con él, parece que ella lo tomaba, lo escondía rápidamente y fingía molerlo cuando en realidad desmigaba cualquier otro. Así, cuando el panecito aparecía “reintegrado”, podía mostrar exactamente el mismo sello que el original llevado por la visita.
El último documento en el expediente de la Inquisición contra María Poblete, de acuerdo a Tenorio, es de finales de 1685. Ella todavía vivió por un año más y es difícil saber hasta qué grado estuvo al tanto de estas averiguaciones; si sentía o no la amenaza. Por lo general, la fase de investigación de un proceso inquisitorial no le era notificada a la parte acusada, sino hasta que se decidía proceder judicialmente contra ella. Y el caso de María no llegó a esta segunda fase. Si bien Robles habla de las averiguaciones, parece que se refiere a las de 1677, cuando el arzobispo y virrey, fray Payo, declaró como milagro la reintegración. Por el contrario, cuando relata en su diario la muerte de María Poblete termina su nota diciendo: “y declarado, se experimentó más el milagro el año de 77 y duró el milagro hasta que murió”. Robles nos da a entender que, sabiendo o no María sobre este proceso, siguió reintegrando panecitos.
María logró recursos para sostener a su familia luego de su viudez. Sus hermanos, además, lograron que sus biografías se distinguieran de tener un mayor lustre por los milagros que obraba su hermana. Que alguien como Antonio de Robles registrara en su diario un seguimiento del caso, aunque fuera con apuntes mínimos, desde su declaración de milagro hasta la muerte de María, muestra una parte de la importancia que daba aquella sociedad a este tipo de acontecimientos. Que la Inquisición abriera un proceso contra María también nos habla del gran riesgo que se corre para quienes busquen apostarle a este tipo de embuste para conseguir gloria y dinero. Por eso mismo, tampoco deja de ser sospechoso que entre las conexiones de María y las suspicacias de sacerdotes como Núñez de Miranda y otros frailes, fray Payo Enríquez de Rivera declarara este milagro tan a la ligera.


