Las polémicas del gran cometa de 1680
El gran cometa de 1680 desató debates en ambos lados del Atlántico. Astrónomos como Flamsteed y Newton discutían su naturaleza y órbita. En México, Sigüenza y Góngora y Eusebio Kino polemizaron sobre si estos astros anunciaban calamidades o eran simples fenómenos naturales. Aunque de forma escueta, los diarios novohispanos dejaron algún registro de cómo la comprensión de los cometas, entre tensiones científicas, religiosas y personales, marcó un siglo XVII en plena transformación intelectual.
Las polémicas del gran cometa de 1680
Diario de Antonio de Robles, 16 de noviembre de 1680
Sobre el viernes 16 de noviembre de 1680, Antonio de Robles apenas apuntó lacónicamente en su diario: “Este día se ha visto un cometa hacia el oriente, que sale a las cuatro de la mañana”. Un mes más adelante, el lunes 23 de diciembre escribió: “se volvió a ver el cometa que salió a 15 de noviembre del año pasado hacia el Oriente, ahora se ve hacia el Occidente, y camina para el Norte, que sale a la oración de noche”. Es claro que se refiere, en realidad, al cometa que vio el mes anterior. Hoy podría parecer algo innecesario decir esto, pero en su tiempo no era algo menor: Robles parece tener resuelto que el cometa que vio en noviembre es el mismo que vio en diciembre, y no que se trataba de dos objetos distintos.
Del otro lado del Atlántico, en Inglaterra, ese mismo cometa fue visto por John Flamsteed, quien ostentaba el título de Primer Astrónomo Real. Hizo sus anotaciones y cálculos y los comparó con los que él mismo había hecho 16 años antes, cuando otro cometa pasó cerca de la Tierra. Por cierto que ese mismo fenómeno también había sido registrado por otro diario novohispano. El 23 de noviembre de 1664, Gregorio Martín de Guijo anotó que: “Se vio grande de color blanco y por la estrella algo pálido, la cauda a lo que parecía tenía veinte varas desparramada”. Sin embargo, en su apunte más interesante sobre ese cometa dijo: “algunos dicen que se vio desde 12 de octubre, duró casi cinco meses: otros dicen que fueron dos cometas, el primero grande y el segundo pequeño, y lo cierto es que duró más de cien días el primero, y que se siguió el otro después”. ¿Fueron uno o dos cometas? Para el de 1680, Flamsteed –y al parecer tampoco Robles– tenían dudas: los cometas solían ser un solo cuerpo u objeto que suele venir de ida y luego de vuelta.
Sus conclusiones, sin embargo, arrojaron una polémica y notoria rivalidad en la historia de la astronomía. Flamsteed compartió sus datos y conclusiones del cometa de 1680 con nada menos que Isaac Newton. Sin embargo, éste no quedó convencido. Al contrario, Newton seguía sosteniendo que debían ser dos cometas y que la naturaleza de este fenómeno era así: por pares; que primero viene uno en un sentido y luego se ve otro hacia el contrario. Si bien hoy sabemos que Newton estaba equivocado, la teoría de Flamsteed tampoco es, sin embargo, la que se probaría verdadera. Él sostenía que los cometas se dirigen primero hacia el Sol pero, al acercarse mucho, la fuerza de los rayos solares los desvía de vuelta hacia el espacio exterior. Los dos físicos discrepan de lo que hoy podemos observar y aunque Flamsteed se acercaba más, fue Newton quien a pesar de su error inicial lo acabó rebasando.
Pocos años después, Newton mismo cambió de opinión y lo hizo utilizando los mismos datos que Flamsteed le proporcionó sobre el cometa de 1680. Publicó una nueva teoría en la que, en efecto, tanto el de ida como el de vuelta sí el mismo cuerpo celeste, pero en vez de ser desviado por los rayos solares, más bien describía una larga órbita elíptica alrededor del Sol, al que era atraído por una fuerza de gravedad. Con ello, además, utilizaba y ampliaba la teoría desarrollada por Johannes Kepler muchas décadas atrás sobre las órbitas elípticas y servía también de base para los estudios que su contemporáneo y amigo, Edmond Halley, hizo sobre los cometas. El desenlace de esta historia, sin embargo, no deja tan bien parado a Newton en el aspecto personal. El problema fue que no le dio ningún crédito a Flamsteed por sus observaciones de 1664 y de 1680, cosa que lo enfureció enormemente. Y por ello las rivalidades entre ambos continuaron por 20 años más.
El desencuentro entre Flamsteed y Newton no fue el único que desencadenó ese cometa de 1680. En la propia Nueva España hubo otro en el que también se disputaba el origen y sentido de los cometas. La historia trasciende lo escrito en el diario de Robles, pero conviene traerla a propósito de este mismo fenómeno e ilustrar cómo en el siglo XVII estaban transformándose las formas en las que vemos y comprendemos el Universo.
Tras la observación del gran cometa de 1680, Carlos de Sigüenza y Góngora, un muy prolífico y famoso intelectual criollo y que ocupaba la cátedra de matemáticas en la Universidad de México, habituado además a editar los almanaques de la Ciudad de México, publicó un breve Manifiesto, dedicado a la virreina, donde hablaba de ese cometa como un hecho natural. Sigüenza buscaba tranquilizar a la gente, señalando que contrario a las creencias e incluso las enseñanzas formales de la época, un cometa no significaba señal de una catástrofe venidera o un mensaje divino excepcional. Sin embargo, Eusebio Kino, un jesuita del norte de Italia que había llegado a la ciudad de México en ese mismo tiempo, encaminado a encabezar trabajos de evangelización en Sonora, publicó enseguida su propio texto relativo al cometa de 1680. En su Exposición astronómica, Kino termina con una suerte de reprimenda o al menos menosprecio a Sigüenza y Góngora, sin siquiera mencionarlo por su nombre, pero sí aludiéndolo de varias formas, y, apelando a su propia posición superior y argumentaciones bíblicas y religiosas, pedía mantener el dogma aristotélico. El asunto no terminó ahí, pero, ¿cuál era este dogma?
La educación religiosa de la Contrarreforma sostenía un modelo geocéntrico del Universo basado en Aristóteles. Brevemente y simplificando, el sistema explica que de la Luna hacia abajo, es decir, hacia la Tierra, todo está compuesto por mezclas de cuatro elementos (agua, tierra, aire y fuego) cada uno con características propias y, dependiendo de las combinaciones de cada cosa, los objetos pueden tener movimientos verticales hacia arriba o abajo, o bien, horizontales. Este mundo sublunar es imperfecto y corrupto, es decir, las cosas son perecederas y además pueden mutar o alterar temporalmente sus estados y movimientos naturales. En cambio, el mundo celeste –de la Luna para arriba– es una sucesión de esferas perfectas y giratorias, compuestas de un solo elemento, el éter. Cada esfera contiene algún astro luminoso como el Sol, los planetas y las estrellas. En el mundo celeste las cosas son siempre regulares, eternas y sus movimientos son circulares y perfectos. En ese mundo, un cometa significaría, entonces, la corrupción de un orden inmutable, es decir, un evento que rompe las reglas. Por un lado, en vez de lucir como una disco o punto de luz, los cometas suelen verse como manchas difusas de luz que encima tienen una estela o cola. Y por el otro, la percepción aparente de los cometas desde la Tierra los muestra como estos objetos que cruzan las esferas concéntricas del mundo celeste siguiendo una larga línea ligeramente curveada, casi recta, que violaría el principio del movimiento giratorio.
Había diferentes interpretaciones de esta anomalía en el sistema aristotélico. Los más naturalistas preferían pensar que, aunque parecían fenómenos celestes, en realidad los cometas ocurrían en el mundo sublunar; tal vez serían una acumulación de gases, vapores y fuegos fatuos que se elevaron desde la Tierra. Aunque éste no era el punto de Sigüenza y Góngora en 1680; él sí veía al cometa como un fenómeno más allá de la Luna. Sin embargo, quienes lo veían en el mundo celeste solo podían interpretarlo como señal de la calamidad. Una corrupción así solo podía ser producida por Dios mismo y tendría que ser su augurio, aviso o incluso advertencia de una catástrofe por venir: un castigo a los infieles, un terremoto, una epidemia o, también muy típicamente, la muerte de un rey. Pero esto tampoco era ya lo que sostenía Sigüenza: para él era un simple fenómeno natural en la divina máquina del universo, desconectado directamente de los asuntos humanos. Kino, en cambio, nos pedía una observación atenta y minuciosa del cometa pero sin cuestionarlo como un mensaje divino para la humanidad.
Lo que muestra la disputa entre Flamsteed y Newton es que para 1680 el dogma aristotélico se había ya desplazado al menos desde las mismas instituciones de la monarquía británica. Pero el desacuerdo entre Sigüenza y Kino en México por ese mismo cometa muestra que, en el ámbito hispánico, si bien todavía era sostenido por la Iglesia, éste se iba debilitando. Las ideas, trabajos, debates y disputas científicas que se iban cocinando desde el siglo XVI, con y sin censuras por la Inquisición, dentro y fuera del ámbito católico, iban también permeando en la cultura letrada de la Nueva España.
Esta evolución epistemológica, en el caso concreto de los cometas, la podemos seguir también en los diarios novohispanos. Por ejemplo, temprano en el siglo XVII, Chimalpahin, dice que en 1607 todos vieron humear una estrella (“popocaya citlalli”). Tras describirla en dirección a Azcapotzalco y otros detalles, añade: “Siempre se mostraba de esta manera como si fuera una especie de señalamiento, desplegando sobre nosotros su cauda dirigida hacia el oriente.” Y, más adelante: “durante el dicho mes de septiembre murieron muchos macehuales ahogados en la laguna; y en el mismo mes dejó de aparecer la estrella humeante”. Chimalpahin no apunta una causalidad directa entre el cometa y la muerte de los macehuales, pero ciertamente la sugiere.
Décadas más adelante, en los diarios de Guijo y Robles se observa una tensión interesante. Cuando registran los cometas que vieron con sus propios ojos, suelen ser casi tan escuetos como lo fue Robles en esa entrada de noviembre de 1680. Sin embargo, cuando reportan las noticias que llegaron a México desde España en las que se incluía la observación de cometas en tierras musulmanas como Estambul o Argel, entonces sí expanden la descripción del fenómeno y las calamidades y mensajes divinos que había en ellos. Es decir, a lo largo del siglo parecía ir creciendo y conviviendo una actitud más naturalista y escéptica sobre los cometas, junto con las creencias del antiguo modelo aristotélico.
Esto explica que, para 1680, alguien como Carlos de Sigüenza y Góngora viera las condiciones no solo para mostrarse a la vanguardia y publicar su Manifiesto sobre los cometas como fenómenos naturales, sino también sentía la responsabilidad de hacerlo. A la luz de la respuesta que le dio Kino, es claro que todavía significaba un desafío. Pero Sigüenza y Góngora, aunque en ocasiones lo vemos presionando los límites de su tiempo, no era propiamente un rebelde. Había sido expulsado de la Compañía de Jesús, a la que pertenecía Kino, pero además de que pertenecía a la Universidad de México, era también su anhelo ser readmitido con los jesuitas.
Tras la Exposición astronómica de Eusebio Kino, Sigüenza y Góngora necesitó desahogarse. Escribió una respuesta titulada la Libra astronómica y filosófica donde, desde el agravio, defiende frontal y airosamente su propia visión, incluyendo reproches personales contra Kino. Sin embargo, la guardó en un cajón por once años. Su publicación podía leerse como un ataque a la Compañía de Jesús, por lo que podía cerrarse la puerta para siempre. También, por el hecho de que hubiera dedicado su primer Manifiesto a la virreina, tras la reprimenda de Kino –que, por cierto, él dedico al virrey–, más le valía asegurarse buenos apoyos cortesanos antes de dar otro paso en falso. Esto ocurrió hasta 1691 que la Libra astronómica vio la imprenta, dejándonos un valioso testimonio útil a más interrogantes de la historia cultural, social y política de Nueva España que la sola anécdota.
Con estas disputas a ambos lados del océano, puede decirse que el cometa de 1680 se vivió como un fenómeno, si no global, al menos claramente atlántico. Justificados o no, dejó resentimientos duraderos en Flamsteed o en Sigüenza y Góngora, pero más allá de la dimensión personal –o incluso social y política–, las controversias nos muestran el impulso por comprender este fenómeno desde nuevo marcos y modelos epistemológicos. Lo mismo podemos decir de la pluma de los diaristas como Chimalpahin, Guijo y Robles: parcos y cautelosos, pero dejando algunas pistas sobre esta trayectoria en el cambio de las ideas.
Apenas dos años después del gran cometa de 1680, otro más hizo su irrupción en el diario de Robles y también tendría que aportar al conocimiento que hoy tenemos de estos cuerpos celestes. El astrónomo Edmond Halley lo miró y lo comparó con otras descripciones antiguas de cometas –más generosas que las de Robles. Al ver las similitudes en el tiempo que duró su visibilidad, su color y la forma de su cauda, concluyó que debería ser el mismo objeto, el mismo astro que, como los demás, revolucionaba alrededor del Sol y que tendría una órbita elíptica que le toma 76 años recorrer. Hoy conocemos ese cometa como Halley; fue visible por última vez en 1986 y volverá a serlo en 2061. Ese fue el mismo cometa que vio Chimalpahin en 1607… el que coincidió con la muerte de los macehuales en la laguna.



