El gigante de Chilapa
El 1 de noviembre de 1796 el virrey recibió en su palacio a un hombre excepcional: Martín Antonio Salmerón y Ojeda, “el gigante de Chilapa”, de más de dos metros de altura. Su encuentro revela la fascinación por los cuerpos extraordinarios y el surgimiento de su exhibición pública hacia los tiempos finales de la Nueva España. De campesino a figura célebre, Salmerón encarna los límites entre la curiosidad científica y el espectáculo.
El gigante de Chilapa
Diario de José Gómez, 1 de noviembre de 1796
En la entrada del 1 de noviembre de 1796 hace su irrupción en el diario de José Gómez un personaje singular de los últimos años de la Nueva España: Martín Antonio Salmerón y Ojeda, también conocido como “el gigante de Chilapa”. Gómez, alabardero del Real Palacio en la Ciudad de México, es decir un miembro de la guardia del virrey, lo pudo conocer en persona cuando éste se presentó ese día frente a las autoridades de la Nueva España: “trajeron al señor virrey un hombre gigante del pueblo de Chilapa de veintidós años de edad, sin pelo en la barba, llamado Martín Salmerón”.
La estatura que Gómez reporta para este hombre “es de dos varas, tres cuartas y dos pulgadas”, esto es alrededor de 2.35 metros. Aunque unos pocos años más adelante, cuando Martín fue visitado por Alexander von Humboldt, corrigió la medida que consignaban “las gazetas americanas” a 2.25 metros. Dice José Gómez en su diario que Salmerón era “bien hecho de cuerpo con un peso de diez arrobas y veinte libras”, eso serían unos 124 kilos. Humboldt, por cierto, también dice que Salmerón era el gigante “más bien proporcionado” que había visto. La razón de que este hombre se presentara frente al virrey era precisamente esa: ser inspeccionado, acreditar su gran tamaño y, sobre todo, conseguir “licencia para que se exhiba y cobre dinero en las casas donde quieran verlo y lo lleven en coche escoltado por soldados”, misma que le fue concedida.
Son pocos los datos biográficos que José Gómez aporta sobre Martín Salmerón. Además de su edad, peso y altura, señala que “tiene 18 hermanos”, aunque precisa: “todos de estatura regular”. Esta pequeña acotación ya nos dice algo sobre el interés y forma científica en la que en el siglo XVIII se piensa sobre estas condiciones humanas. Esta no es la primera vez, ni mucho menos la única en la que José Gómez escribe sobre personas y otros seres poco convencionales o, utilizando los términos de la época: monstruosos. Ni siquiera es la primera que así lo comentamos en Los días de la Nueva España, pues en entradas anteriores presentamos el escepticismo que Gómez mostraba sobre el rumor de un basilisco en la Lagunilla.
El alabardero, como muchas otras personas letradas de su tiempo, tenía un gran interés por lo que se conocía como la “teratología”, esto es, el estudio de las anomalías congénitas. Una mezcla entre curiosidad científica y morbo –o tal vez solo morbo encubierto de una pretensión intelectual– había llevado a que en ese mismo siglo XVIII comenzara la práctica de exhibición itinerante de estos cuerpos no convencionales como actividad lucrativa. Esto es lo que en el contexto británico del siglo XIX llegarían a conocerse como los freakshows.
Sobre el tamaño de este hombre, Gómez añade: “dícese que cuando nació este gigante tenía una vara y cuatro dedos”, es decir, 90 centímetros. De nuevo llama la atención la precisión que presta el diarista a las mediciones, así como al “dícese”, donde, como en otras ocasiones muestra, si no escepticismo, al menos sí prudencia. Menciona Gómez que Martín Salmerón “está en tratos para casarse con María Rodríguez”, misma que tal vez lo acompañaba al palacio, pues dice: “que le llega al hombro”, aunque bien puede ser que esta fuera otra información que recabó ya fuera de la entrevista de este hombre con el virrey o por parte de la comitiva.
Tras esa visita al virrey marqués de Branciforte, la vida de Martín Salmerón cambió. De mantener una vida campesina en el rancho de Acalco, en las cercanías de Chilapa (en el hoy estado de Guerrero), dedicado a actividades agrícolas y ganaderas, el gigante comenzó a recorrer la Nueva España en giras periódicas de exhibición que lo llevaron a Orizaba, a Puebla y a Xalapa, pasando varias veces por la ciudad de México; también parece que fue al Bajío y definitivamente fue a Guatemala, donde su presencia fue reportada por la Gazeta de esa ciudad. Pero ese día de noviembre de 1796, el diario de José Gómez nos dice apenas que su “oficio es labrador”.
De Martín Salmerón sabemos más cosas, pues su notoriedad dejó registro en diferentes documentos. El historiador Jesús Hernández Jaimes se dedicó a buscarlos y ofrecer una reseña biográfica de él. Su estudio nos revela que fue el párroco de Chilapa de ese tiempo, obsesionado con Salmerón, quien dejó en una carta mucha de esta información. Parece que Martín no tenía los 22 años que decía José Gómez para 1796, sino 26, pues habría nacido en 1770. Era muy fuerte y muy tímido y, sobre todo, quería evitar llamar mucho la atención pues uno de sus mayores temores era la de ser reclutado por milicias.
Martín Salmerón era de un origen humilde y mestizo, aunque esto último lo sabemos por Humboldt, que así lo escribió en su Ensayo político sobre la Nueva España. Fueron el párroco de Chilapa y un capitán de la enorme hacienda donde se encontraba el rancho de Acalco, quienes lo convencieron, si no es que lo presionaron, a emprender el viaje a ciudad de México para iniciar sus giras. Sabemos incluso que ese capitán le robó el dinero de sus primeras presentaciones, pero Salmerón lo denunció. Tras once años de hacer esas exhibiciones, volvió en 1807 a Chilapa donde tuvo la capacidad de comprar el rancho de Acalco probablemente con sus ganancias. Su familia, dice Hernández Jaimes, “había pasado de sirvienta a propietaria”. Murió en 1813 dentro de la convulsa guerra de los insurgentes, primero forzado –tal vez– a combatirlos y luego, al final, como escolta del mismo Morelos, a quien tuvo que dejar por la enfermedad que extinguió su vida.
El testimonio de José Gómez en su diario, aunque escueto, resulta entrañable, pues representa el primer registro escrito que se conozca de la singularidad de este personaje. A los pocos días de ese 1 de noviembre, la Gazeta de México dio la noticia del encuentro con el virrey. También, el 18 de noviembre, el Ayuntamiento de la Ciudad de México le mandó hacer el retrato que acompaña esta entrada. La pintura estuvo a cargo José María Guerrero, de la Real Academia de San Carlos, y se trata de un documento notable, pues lo muestra con un atuendo a la moda de ese tiempo y –nunca mejor dicho– con un traje a la medida que, si fue realmente utilizado por Martín, tal vez fue hecho tanto para su audiencia con el virrey, como para sus exhibiciones públicas. La cartela que forma parte del retrato nos habla del nombre y origen de Martín, así como los nombres de sus padres. Pero sobre todo, nos enlista sus proporciones con mucho más detalle que Gómez en su diario: “Estatura de 2 varas 2/3 menos una pulgada, y pro-porcionado en sus demás tamaños, pues del codo al hombro tiene media vara dos pulgadas; del codo a la punta de los dedos 27 pulgadas 2 líneas; del codo a la muñeca 15 1/2 pulgadas; de hombro a hombro 21 pulgadas 10 líneas”. Y además nos provee de una descripción de su aspecto:
“Es trigueño, de buena faz, ojos aceitunos, ceja delgada poblada, frente angosta, pelo negro, nariz acordonada, boca regular, belfo el labio superior, de poca barba, pequeña oreja, con dos lunares al pie del clavo de la barba; y aunque de pulsación regular, se le notan fuerzas extraordinarias: es ágil en el manejo del ganado y en el campo, cuyas cedidas se ejecutaron con toda exactitud”.
Décadas después, la pluma e investigación de Ignacio Manuel Altamirano revelaría que Salmerón causó también fascinación a Vicente Guerrero, Nicolás Bravo y a José María Morelos. Un siglo después, en un Porfiriato todavía obsesionado con la teratología, Martín Salmerón volvió a ser reseñado e ilustrado. Hoy Chilapa y Guerrero lo siguen recordando como una de sus personas notables.


