Donde la ilustre sucesión de los toltecas
Los marqueses de las Amarillas entraron a la ciudad de Tlaxcala el 23 de octubre de 1755 como parte del trayecto de recepción de un nuevo virrey en la Nueva España. Ahí se conmemoraba la alianza de Cortés con ese pueblo en la derrota de los mexicas. La virreina Luisa María del Rosario de Ahumada cuenta en su diario sobre los festejos de ese día, así como sobre su largo viaje desde Cádiz hasta la ciudad de México.
Donde la ilustre sucesión de los toltecas
Diario de Luisa María del Rosario de Ahumada y Vera, 23 de octubre de 1755
El 23 de octubre de 1755, Luisa María del Rosario de Ahumada y Vera, marquesa de las Amarillas, entró a la ciudad de Tlaxcala, donde ella y sus damas fueron recibidas en el palacio para una estancia de tres noches. Tenía apenas un par de semanas de haber llegado a Veracruz, junto con su esposo, para comenzar su encomienda como virrey de la Nueva España. La virreina decidió dar cuenta de ese día en Tlaxcala, así como de todo su viaje desde España hasta su llegada a la ciudad de México y el resultado fue una publicación de 1757 con el título “Diario notable de la excelentísima Señora Marquesa de las Amarillas virreina de Mexico, desde el puerto de Cádiz hasta la referida corte, escrito por un criado de su excelencia”.
En ediciones y comentarios posteriores a ese diario, se dio por hecho que ese “criado”, no fue otro sino el jurista criollo Joaquín Antonio de Ribadeneyra y Barrientos, que regresaba de Madrid a México con estos virreyes. Tanto Manuel Romero de Terreros, que publicó el diario a principios del siglo XX, como la filóloga Claudia Llanos, que lo reeditó recientemente, mencionan que Ribadeneyra debe haber versificado, bajo su encargo, los apuntes de Rosario Ahumada. El crédito al jurista ha sido tal que, según Llanos, el diario de la virreina ha aparecido registrado en las bibliotecas bajo la autoría de Ribadeneyra. En cualquier caso y, siguiendo a la investigadora Judith Farré que ha analizado este documento, lo decisivo, dice, se trata de un testimonio de la marquesa: en primera persona y atribuido a ella desde el propio título con el que fue publicado.
Antes de su llegada a Tlaxcala, el diario dedica varias páginas a su trayecto realizado en dos barcos: el Assia y el Bizarra, con los que pasaron dos meses de travesía por el Atlántico. La marquesa nos habla de la navegación, así como de las islas del Caribe que fue avistando desde las embarcaciones, o bien, donde en algunas hicieron una parada. Es con los siguientes versos que anuncia finalmente anuncia al continente:
La América hasta entonces acogida
por días cincuenta y seis de nuestra vida,
la mira ya con tedio nuestra gana
por gozar de la tierra americana,
y el Assia, cuyo bote nos espera,
nos traslada gustoso a su ribera,
seguida de una y otra mi falúa
entre otra salva de San Juan de Ulúa.
A partir de ahí, el diario de Rosario Ahumada nos da cuenta de uno de los rituales más vistosos de la Nueva España: la llegada y recepción de un virrey. Se trata de un trayecto desde la costa del Golfo a la ciudad de México que, aunque con algunas variaciones en la ruta, debía incluir paradas específicas y celebraciones que, más que un simple festejo por su paso, formaban parte de la investidura del poder político. La entrada a Tlaxcala era parte indispensable, pues rememoraba el camino de Cortés desde Veracruz hasta Tenochtitlan y, sobre todo como parte del periplo, refrendaba y celebraba la alianza de los tlaxcaltecas con Cortés, fundamental para la derrota mexica y la incorporación de Nueva España como reino de la monarquía.
Así, en el caso de los marqueses de las Amarillas, cuenta la virreina que tras pasar por Antigua, Jalapa, Perote y Tepeyehualco, entre otras locaciones, partieron desde Huamantla, al salir el sol del día 23, en dirección a la ciudad de “los privilegiados tlaxcaltecas / ilustre sucesión de los tultecas”:
Y al veinte y tres, después de que la aurora,
qual del sol precursora
tendió el tafetán rojo al horizonte
con que cubre el penacho el alto monte,
y con fresco rocío
alma a la selva dio, y al prado brío:
a marchar se aprontaron las carrozas,
y dispuestas las cosas,
de los privilegiados tlaxcaltecas,
ilustre sucesión de los toltecas,
a la ciudad el paso dirigimos:
Las autoridades de Tlaxcala refrendaban también sus pactos establecidos con la Corona. Y, como cuenta la marquesa, la celebración tomaba la forma de una procesión a la que el virrey mismo se incorporaba, acompañado y acompañando a todas las corporaciones y autoridades tlaxcaltecas. Para ello, Rosario indica que tanto ella como sus damas se separaron de la comitiva y se dirigieron al palacio, probablemente el que hoy ocupa el gobierno del Estado de Tlaxcala, pues ahí permanecerían por tres noches.
yo, y mis damas partimos,
al punto que llegamos
a sus canales, y nos hospedamos
en el palacio, mientras con la gente,
que estaba a acompañarle diligente
en la pública entrada,
el Virrey se quedó:
Hay que mencionar que toda la recepción del virrey marqués de las Amarillas fue bien documentada, pues incluso se produjo una pintura de su llegada en Puebla, con la que acompañamos esta entrada. Contamos también con otro relato comisionado de este viaje, escrito por Diego García Panes y cuyo manuscrito fue publicado muy posteriormente, quien ofrece otra perspectiva. García Panes conoció e incluso cita el diario de la virreina, pero, como mencionabámos, no se lo atribuyó a ella, sino a Antonio Ribadeneyra. Sin embargo, al prestar atención a los versos, claramente se narran los hechos desde la perspectiva de ella. Y es notable esto cuando explícitamente señala que se separó con sus damas al entrar en Tlaxcala. También hay que mencionar que su descripción del fasto de la recepción tlaxcalteca es más rico que el de García Panes:
ya la fachada
de las calles, la vista prevenía
a la solemne pompa de aquel día:
por una, y otra acera
recreo de la vista era
el matiz vario, que entre sí formaban
las sedas, y brocatos, que adornaban
ventanas, y balcones,
llevándose tras sí las atenciones
del crecido concurso,
que por todo el discurso
de las calles vagaba, repartido
por donde se ordenó el paseo lucido
Y describe así la organización de las autoridades participantes en el desfile que iniciaba y al que ella y su corte probablemente se incorporó como público:
[…]se ordenó el paseo lucido
en la forma siguiente: iban primeramente
por sus antigüedades ordenados
varios gobiernos de indios, adornados
con especial decencia, y bizarría
en su peculiar traje: a éstos seguía
de guión el paje, que iba caballero
en un galante bruto: por su fuero
con gravedad, y gala
la república noble de Tlaxcala:
los dos gobernadores, por oficio
de palafrén tomaron el servicio.
Tras estas autoridades, entonces venía el virrey. Y si bien el diario de la marquesa fue versificado por alguien más, aquí la leemos describiendo a Agustín de Ahumada y Villalón, el marqués de las Amarillas –quien además de su marido, era su tío– al momento en el cuando se incorpora a la procesión de los gobiernos tlaxcaltecas:
Y en un brioso caballo,
que el Betis pudo para sí envidarlo,
mi querido Augustín: aquí quisiera,
que licencia me diera
la precisa objeción de apasionada,
para poder pintar la despejada
gala, con que domaba al bruto, hinchado,
pienso que de mirarse tan honrado.
La procesión de las autoridades llegó a la plaza mayor de Tlaxcala donde les aguardaba. como era costumbre, un arco triunfal: una de las obras más interesantes de estos tiempos pues eran efímeras construcciones de madera, parecidos a los retablos, decorados usualmente con pinturas y a la que a cada una se le componía un pequeño poema (una loa, una décima) de celebración al virrey y que se le recitaba con o sin música a su llegada. La pintura sobre su recepción en Puebla a la que mencionamos, forma parte del registro del arco triunfal que se le hizo frente a la catedral de aquella ciudad. En este caso, la marquesa nos habla así del arco tlaxcalteca:
De esta suerte llegaron a la plaza,
donde valiente del pincel la traza
en un arco triunfal se descubría
con exquisita vista, y simetría:
recitose la loa […]
Lo siguiente fue una misa de acción de gracias en la parroquia de San José, a un costado de la plaza y, tras ella:
fue el Virrey a palacio conducido,
en donde recibido
con la más obsequiosa bizarría
admitió la visita, y cortesía
de cabildo de iglesias, y seglares,
varios particulares,
y buenas expresiones
de los prelados de las religiones.
Ahí concluye lo descrito en el diario sobre 23 de octubre que los virreyes entraron a Tlaxcala. Permanecieron en esa ciudad donde:
no tuvimos una hora
sin especial obsequio: al de los toros,
de cristianos, y moros
varios juegos mezclaron,
en que destreza singular mostraron.
Al marcharse para Puebla, la marquesa cuenta que primero fueron a visitar a la virgen de Ocotlán, cuyo santuario, aunque ha tenido muchas modificaciones posteriores a ese encuentro, ya contaba con su actual camarín. La virreina dice que no quisiera irse tan deprisa: “del oratorio sacro de aquel bello devoto simulacro”. Su diario sigue para narrar su estancia de más días en Puebla, Cholula, San Martín y Otumba. En el valle de México llegó primero a la villa de Guadalupe, donde dejó al virrey para hacer ella primero su entrada a la ciudad. Muchos versos se toma en celebrar la imagen guadalupana, pero también algunos elementos del paisaje del valle como el lago de Chalco al que lo compara con el mar.
La virreina Luis María del Rosario tendría algunas anécdotas que recogió siglo y medio más tarde Manuel Romero de Terreros en sus Bocetos de la vida social en la Nueva España donde la describe de gran carácter, audaz y ostentosa. Al parecer, fue famosa por sus paseos a caballo hacia Chapultepec y alrededores, pues montaba como hombre, cosa que, dice Romero de Terreros, llamaba mucho la atención del público. Hubiera sido fantástico que legara sus palabras sobre esos días en México. Sin embargo, nos deja en suspenso con, entre otras cosas, su testimonio de ese día en Tlaxcala, pues al terminar las fiestas de recepción ya en la ciudad de México, dice:
Mientras yo en tanta suma
Recogido ya el vuelo de mi pluma
En giro tan molesto fatigada
La dejo más suspensa, que colgada.




