Cómo rechazar una buena oferta laboral

En 1781, al sacerdote criollo Gregorio Pérez Cancio le ofrecieron un cargo codiciado de la Iglesia novohispana: un asiento en el cabildo de la Catedral Metropolitana. Era un paso lógico en su carrera … pero también la tentación de abandonar la enorme parroquia que llevaba años construyendo en un barrio periférico de la Ciudad de México. En su Libro de Fábrica, Pérez Cancio, revela el intenso conflicto detrás de una renuncia inesperada.

Procesión en el barrio de Santa Cruz, siglo XVIII. Publicada en Pasado y presente del Centro Histórico. México: Fomento Cultural Banamex, 1993.

Mapa del templo de la Parroquial de S[an]ta Cruz y Soledad de México que comenzó su Párroco Gregorio Perez Cancio, bajo la Real proteccion á quien pertenece por ser Real Patronato. ca1780. Archivo General de Indias, en Sevilla, España.

Retrato de Gregorio Pérez Cancio. ca 1780. Publicado en Libro de fabrica del templo parroquial de la santa cruz y soledad de nuestra señora, años de 1773 a 1784. Edición dee Gonzalo Obregón. México: Instituto Nacional de Antropología e Historia, 1970. 

Cómo rechazar una buena oferta laboral 
Libro de fábrica de la Santa Cruz y Soledad, de Gregorio Pérez Cancio, 21 de noviembre de 1781.

Hay que ponerse en los zapatos de Gregorio. Le acababan de ofrecer uno de los mejores puestos en su industria; uno para el que incluso parecía que había trabajado por años. El cargo le traería prestigio, ingresos, visibilidad y más posibilidades de futuros ascensos. Sería un peldaño más cerca de la limitada cima a la que cualquier criollo novohispano, con estudios y miembro del clero secular, aspiraría justo cuando esos límites se les volvían cada vez más rígidos. Incluso podría sospecharse que esta oferta obedecía no solo a un afán por reconocer su talento y desempeño, sino también por alejarlo ya de una obsesión que había tenido en ese tiempo y que tal vez se habría vuelto molesta para varias autoridades. Un pequeño castigo que venía a la vez como un gran premio. De perseguir la grandeza, no habría mucho que pensar: tendría que aceptarlo. Vamos por partes.

Gregorio Pérez Cancio era un clérigo criollo, originario probablemente de la ciudad de México y nacido a mediados del siglo XVIII. Tras ordenarse como sacerdote, su carrera empezó cuando ingresó a la Real Universidad de México, donde se graduó como doctor en Teología. De ahí se incorporó al Seminario Conciliar como catedrático y, por su buen desempeño, también ingresó de nuevo a la Universidad ahora como profesor, sosteniendo la principal cátedra de Teología. En 1773 se convirtió en el párroco del periférico barrio indígena de Santa Cruz Coltzinco, hoy a un par de cuadras de la Cámara de Diputados federal. Ahí permaneció Gregorio por ocho años hasta que, en 1781, le llegó la oferta laboral por parte del arzobispo que no podría más que rematar esa brillante carrera: un asiento en el cabildo de la Catedral Metropolitana, la más importante de la Nueva España.

Ni siquiera habría mucho qué considerar. De aceptarlo y seguir ahí su carrera eclesiástica, tal vez algún día sería considerado como obispo en otras tierras o quizá podría avanzar en más altos cargos de autoridad en México. Además, de incorporarse al cabildo catedralicio, escaparía de la marginación y penurias del empobrecido y precario extremo oriente de la ciudad de México. Pérez Cancio, sin embargo, no estaba seguro.

Y no es que Gregorio pareciera, más bien, preferir una vida discreta y siempre entregada a los más pobres, aspirando tal vez a la santidad. La ambición de la grandeza en vida estaba más que presente en él. Es solo que, a lo largo de esos ocho años de párroco, él había planeado una forma de encontrarla ahí: en el antiguo barrio indígena de Santa Cruz Coltzinco. Casi desde su llegada al rumbo, Gregorio se había determinado a construir el más majestuoso templo parroquial que tuviera la ciudad de México. Para 1781, cuando le llegó la nueva oferta en la Catedral, la obra de la nueva iglesia ya había comenzado, pero aún le faltaba mucho. Dejar el barrio era dejar el templo inconcluso; era dejar esa ambición… era regresar a esa vida de puestos y escalafones que tal vez ahora sentía lejana.

El conflicto interno que la tentación del nuevo nombramiento le produjo al sacerdote Gregorio Pérez Cancio quedó plasmado en el Libro de Fábrica de la parroquia de la Santa Cruz y Soledad, un documento que si bien tenía el sentido de llevar la cuenta de todos los gastos y avances que implicaban construir una nueva iglesia, el clérigo también lo utilizó a veces como una suerte de diario, registrando al mismo tiempo sus ideas y emociones, sus dudas y peleas, algunas de sus alegrías y de sus problemas.

Por ejemplo, cuenta de ese 13 de noviembre de 1781, es decir, del día que le llegó esa oferta: “me notificó el Excelentísimo Señor arzobispo, el Real Acuerdo de Su Majestad para que dentro de ocho días contados desde dicho día 13, haya de tomar posesión y colación de la Prebenda de esta Santa Metropolitana en que me ha presentado S.M”. Desde ese mismo día Gregorio parece que ya tenía la decisión prácticamente tomada: su vida estaba ya en construir su nueva parroquia y nada más. Pero no dejaba de reconocer que lo que le ofrecían era una suerte de ascenso, una mayor “comodidad”. 

Dice: “Y considerando yo la hermosa empresa de esta piadosa fábrica en honor de la Soledad de Nuestra Señora en las congojas del Calvario, no tengo corazón para olvidarme por mi comodidad de lo que espero del Altísimo Dios que ha de conducir para su culto”. Si bien la parroquia que le fue asignada a este clérigo estaba originalmente dedicada a la Santa Cruz, algún tiempo antes de que él llegara se había vuelto popular ahí una imagen de la virgen de la Soledad. Él mismo decidió aprovechar esa veneración para involucrar a los habitantes de los barrios e impulsar la construcción de la nueva parroquia. Es por eso que él la refiere así e incluso hasta hoy la conocemos como la iglesia "de la Santa Cruz y Soledad”.

En la entrada de ese 13 de noviembre, Pérez Cancio sopesa todos los sacrificios y renuncias que había hecho al autoimponerse la misión de edificar la enorme iglesia: “recordándome de la obligación que otorgué en 12 de agosto de 77 en que me obligué para caso que faltasen los auxilios del templo comenzado, haberlo de fabricar con mi casa que vale 6,000 pesos”. Además, explica el sacerdote, también destinó a ello sus otras rentas que tenía por parte del Arzobispado, de la Universidad y otros ingresos. Apenas vivía de las limosnas de la misa. Dicho de otra manera, hasta ese día, Gregorio recuerda que lo ha dado todo por ese proyecto. Era demasiado tarde para dejarlo atrás e inconcluso.

A pesar de esto, Pérez Cancio no desaprovecharía esos ocho días que le dieron para pensarlo. Había algunas consideraciones qué tomar. Sobre todo, apenas unas cinco semanas antes de esta oferta había muerto el maestro a cargo de la obra: Ildefonso Iniesta y Bejarano, uno de los arquitectos más notables de su tiempo y que le había dado forma al sueño de Gregorio. Además, la construcción había sido muy tortuosa hasta ese tiempo: avanzaba muy lento por sus altos costos. Algunos de los potentados que buscó el padre le respondían que pedía demasiado, que quería levantar más una catedral que una parroquia. Cuatro años antes, incluso, le pedían demoler lo avanzado por ser muy ostentosa e inacabable: un templo de tres naves, en vez de una simple con crucero como las otras parroquias.

Después de mucha negociación, Pérez Cancio había logrado poner al virrey Bucareli de su lado, pero éste también murió en 1779 y aunque el sacerdote anota poco el nuevo virrey, Martín de Mayorga, sí menciona que entregaba menos recursos que los acordados. Los vecinos de la Santa Cruz también a veces le daban largas para entregarle alguna contribución. Quizá la obra nunca terminaría y sería su gran fracaso; tal vez las autoridades civiles y religiosas, así como las familias adineradas de la ciudad estaban ya hartas de la obsesión de Pérez Cancio, organizando rifas, vendiendo estampas de la virgen y pidiendo dinero. Tal vez el ascenso era una manera de reconocerle sus empeños, pero también para darle un nuevo entretenimiento.

El 13 de noviembre cumplió con toda la solemnidad de reconocer oficialmente la oferta y enviar sus inmediatos agradecimientos al virrey, al fiscal del rey y al arzobispo. Aunque les anticipó su respuesta: “…en las circunstancias en que me hallaba y me hallo de la fábrica deseada de este Santo Templo no puedo desistir de la obra buscando mi honor y sosiego con detrimento de la obligación que ya contraje a beneficio del templo”. Sin embargo, la ventana de oportunidad seguía abierta: “No obstante esta representación que hice, dejé pendiente el negocio para premeditarlo como merece, puesto que hasta el 21 corre el término”.

Una semana después, el día 20, la persona que ocupaba el cargo que le fue ofrecido, un señor Esnaurrizar, finalmente lo dejó vacante y listo para él. El plazo para tomar la decisión se agotaba al día siguiente. Y aunque parecía tomada, Pérez Cancio dejó muestras de que esos días no fueron sencillos: “confieso que todo este tiempo he estado penetrado del asunto”. Aunque reafirma su decisión de forma inmediata: “pero sin valor para dejar el Curato con su fábrica comenzada y sin acabar, para irme yo a descansar cargado de las obligaciones que contraje en mi corazón y en mi fuero externo por mi firma por lo que estoy resuelto a no tomar la Colación fiando todo este negocio, como lo he fiado, a la protección y amparo de mi Amor y Gran Reyna María Santísima de la Soledad”.

Es muy elocuente que, aunque en este punto se lee una gran determinación, en seguida, en las siguientes líneas, nos reitera el conflicto interno. Es decir, no puede dejar de darle vueltas al asunto: “…porque es cierto que desde que vino la Prebenda he tenido penetrado mi pecho doliéndome de no lograr el complemento de lo que me ha costado indecibles afanes y trabajos, pero siempre dulces y suaves porque el tierno objeto de la empresa María Santísima de la Soledad, mi Señora, todo me lo ha facilitado con indecibles consuelos que han endulzado y reagraciado mis afanes, experimentando visiblemente, entre las mayores ansias el consuelo”.

Y además nos confiesa que, en esos días, Pérez Cancio hizo lo que quizás todos hubiéramos hecho en su situación: fatigar a amigos y conocidos con su consejo para poder tomar la decisión: “He tratado esta materia con los sujetos de mi mayor distinción y seriedad y hechos cargo de los fundamentos que me asisten”. El sacerdote quiere dejar claro que no fue algo que se tomó a la ligera: “han venido conmigo en dictamen de la renuncia y conozco que nada me conviene más a mi total sosiego, por lo que estoy determinado a ejecutarlo así. Pero encomendado este grave negocio como lo tengo encomendado por mí, mis Vicarios y otras personas a la dirección de María Santísima de la Soledad que me alcance de su precioso Jesús Sacramentado los aciertos”.

Llegó el día 21. Dice Pérez Cancio: “estuve con el Ilustrísimo Señor Arzobispo tres ocasiones por mañana y por medio día y a la noche, desde la Oración hasta las ocho y media”. El arzobispo intentaba convencerlo de aceptar e incluso le ofrecía mayor plazo para pensarlo. “No son decibles las paternales caricias y piadosos arbitrios con que este amabilísimo Prelado nuestro ha procurado mis descansos y el honor de mi Prebenda, discurriendo por todas partes mis consuelos hasta exponiéndose con querer ampliar el término para que mejor premedite yo y no renuncie”.

Ante la insistencia del arzobispo, Gregorio escribió en el libro de fábrica su último razonamiento que tal vez, en esos mismos términos expresó a su superior: “Pero ha sido tal la interior repugnancia de mi corazón para admitir dicha Prebenda, que no ha sido posible por ningún capítulo convencerme, haciéndome a mí mismo fuerza que este honor que tanto he apetecido antes con los mayores deseos, hoy me sirvan de congoja y de indecible tormento el haberlo de recibir porque aunque lo apetezco y deseo, al considerar que dejo el templo informe, me sirve de martirio y por eso con todo mi corazón resolví no tomar la Colación del beneficio”. Y, por si fuera poco, incluye después una copia de la extensa carta de renuncia a la plaza que ese mismo día envió al virrey.

Desafortunadamente, Gregorio Pérez Cancio murió unos pocos años después sin poder mirar terminada su nueva parroquia de la Santa Cruz y Soledad. Sin embargo, el impulso que siguió imprimiéndole fue suficiente y la materialización de su sueño quedó para las siguientes generaciones. Ahí permanece el templo de Pérez Cancio con sus tres naves, tal como él quería, y su aspecto de catedral. Quién sabe qué hubiera pasado si Gregorio hubiera tomado ese asiento en la Catedral. Quizás el templo de la Santa Cruz y Soledad nunca se hubiera terminado o no con esa majestuosidad. Tal vez él hubiera continuado sus impulsos diarísticos de otra forma. En esta ocasión, Gregorio Pérez Cancio muestra cómo renunciar a una buena oferta laboral, en futuras entradas de Los días de la Nueva España volveremos de nuevo a ese Libro de Fábrica con otras preguntas.