Apellidar iglesia
El 9 de septiembre de 1664, una esclava criolla de dieciocho años fue conducida a la horca en la ciudad de México por intentar asesinar a su ama. La ejecución se vio interrumpida por un tumulto de negros, indios y mulatos, junto con la intervención de varios clérigos que apelaron al derecho de asilo eclesiástico. El episodio permite observar las tensiones sociales, la fragilidad de la justicia colonial y la influencia de la Iglesia en el ámbito público.
Apellidar iglesia
Diario de Gregorio Martín de Guijo, 9 de septiembre de 1664.
El martes 9 de septiembre de 1664 un “tumulto de negros, indios y mulatos”, con ayuda de algunos clérigos, salvaron de a una mujer de su condena a muerte. En su diario, Gregorio Martín de Guijo cuenta que ese día, “a la hora acostumbrada, llevaban a ahorcar a una negra criolla, de edad de dieciocho años”. Se refiere a una mujer esclava que habría nacido en México –o al menos no en el continente africano. Su delito fue que “con un machete quiso matar a su ama en esta ciudad, y con efecto le dio algunas heridas”. La horca estaba reservada para los delitos más graves y el asesinato es, por supuesto, uno de ellos: la muerte para quien se atrevió a matar. Si bien en este caso el homicidio quedó en tentativa y se podría librar la pena máxima, muy difícilmente sería ese el escenario para alguien del sector más vulnerable de la sociedad: el de los esclavos.
El día de su ejecución, la mujer salió desde el viejo palacio virreinal hacia el tablado de la horca en la plaza mayor, “llevándola por la calle del Reloj”, es decir, la hoy República de Argentina. Aquí es necesario hacer una precisión para comprender lo que vino después. El aspecto de esta calle no era, desde luego, el que tiene hoy. El contingente habría salido de un acceso al ala norte del Real Palacio –el actual Palacio Nacional– donde estarían entonces los juzgados y la cárcel de corte. Hoy esto conduciría a la esquina nororiente del Zócalo, pues el Palacio Nacional se encuentra perfectamente alineado con la plaza. Sin embargo, en ese tiempo, que aún no existía el Sagrario Metropolitano, la actual calle de Argentina seguía su alineación de casas desde la manzana de la hoy República de Guatemala hasta ya entrada la plaza mayor. Es decir, al salir del lado norte del Real Palacio, uno se encontraría no en el Zócalo, sino en un pequeño tramo final de la calle del Reloj antes de ingresar a la plaza mayor. Incluimos en esta entrada una imagen que permite visualizar esta pequeña y desaparecida cuadra.
Como era costumbre en este tipo de ejecuciones, la sentenciada iba transportada hacia su escenario de castigo en una mula o burro. Y era acompañada, en este caso, por al menos cuatro clérigos que se habrían incorporado para exhortarla a arrepentirse de sus pecados en sus últimos minutos de vida. Sin embargo, las cosas dieron un giro dramático.
En pleno camino, Diego Osorio de Escobar, obispo de Puebla y quien en esos meses fungía temporalmente como virrey, “envió un alabardero a mandar la volviesen a la cárcel”, dice Guijo, “por haberse bajado de la querella sus amos”. Es decir, los acusadores se desistieron de último momento. Desafortunadamente el diario no brinda más detalles y que podrían ser fundamentales para comprender mejor lo ocurrido: ¿cuándo habría sido detenida la mujer? ¿Habría sido todo intempestivo o fue un proceso más largo? ¿Cuánto tiempo habría tardado en producirse la sentencia? ¿Por qué los amos se habrían desistido cuando ya estaba siendo conducida a la horca? De todas formas, el caso debe haber alcanzado una gran notoriedad por lo que relata el diarista después.
Al ver al alabardero, es decir, al miembro de la guardia del virrey que venía a devolver a la mujer a la cárcel, “se alborotaron dos frailes mercedarios y un agustino y un clérigo que le iban ayudando”. Dice Guijo: “y apellidaron iglesia”. Se refiere a que los religiosos hicieron un llamado a que la convicta se acogiera a sagrado, es decir, que pidiera asilo en la Catedral, aprovechando la confusión desatada tras la comunicación del alabardero.
Esta maniobra recurría al llamado asilo eclesiástico, que era muy habitual en ese tiempo. Desde la Edad Media era posible que cualquier persona que era perseguida por la justicia civil, se protegiera de ella en un templo o convento. Una vez refugiada bajo el principio de hospitalidad, era trasladada a la cárcel del obispado donde un juez eclesiástico evaluaba si procedería o no el derecho a asilo. Por lo general, no se concedía para los casos graves. Sin embargo, si en esta ocasión los amos se habían desistido de la acusación y no hubo realmente ningún asesinato, el delito de la mujer ya no sería grave, por lo que probablemente procedería su asilo eclesiástico.
El llamado a apellidar iglesia, sin embargo, desató un alboroto que subió las cosas de tono. “[…]Fue tanto el tumulto de negros indios y mulatos que acudieron, que la bajaron [a la convicta] de la bestia y la cargaron y metieron a la catedral.” La muchedumbre, incluso, se impuso frente los custodios de la mujer: “la justicia que iba en su guarda sacaron las espadas para defenderla, y fue imposible”. La situación empezó a mostrar un cariz de resistencia a la autoridad, por lo que la elección de Guijo sobre el término “apellidar iglesia” se vuelve curiosamente precisa. El Diccionario de Autoridades de 1726 define una acepción del término apellidar como: “Vale assimismo convocar, hacer llamamiento para juntarse: como sucéde quando hai bandos y parcialidádes, que se apellídan y convócan unos contra otros”. Llama la atención que el mismo diccionario, aunque producido varias décadas después de este episodio, señala que este es un uso anticuado del término “apellido”. Y dentro de los ejemplos que da sobre esta voz incluye “Apellidaronse los naturáles, y apercebíanse para hacer resistencia”.
La Real Audiencia envió a uno de sus alcaldes por ella para “sacarla de la iglesia”, pero “no la pudo hallar”. El diario no provee detalles sobre el perfil de las autoridades eclesiásticas que se vieron inmiscuidas en este desafío. Además de los clérigos mencionados, ¿involucraría a todo el cabildo de la Catedral y al arzobispo de México? Y es que debe tomarse en cuenta que este suceso ocurrió a un mes de que entrara a la ciudad el primer criollo novohispano nombrado arzobispo de México, Alonso de las Cuevas Dávalos, que venía de ser obispo de Oaxaca. ¿La inminente llegada del nuevo arzobispo habría envalentonado al clero criollo, secular y regular, para una exhibición de fuerza semejante en las narices del obispo virrey Osorio de Escobar?
La última información que brinda el diario, sin embargo, es que: “habiéndose sosegado el tumulto entre una y dos, la sacaron y la llevaron a la Concepción, donde se había criado, y se quedó sin castigo”. Ganó, al parecer, la muchedumbre de “negros indios y mulatos”. Ganó también el interés de estos clérigos –sean los que se hayan involucrado– por impedir no solo la pena de muerte para esta mujer, sino incluso cualquier otro castigo que pudiera darse luego de que desistieran los amos.
Resulta irresistible no imaginar una suerte de solidaridad del tumulto que acudió a “apellidar iglesia” para proteger a esta mujer; verlo, pues, como un acto de defensa de alguien de “su condición y estado” y que encontró una oportunidad idónea para hacerlo. Aunque no conocemos si esto fue un hecho espontáneo de un sector harto de ver cómo la justicia caía siempre con más rigor contra ellos, o si hay más detalles particulares sobre este caso que expliquen esta reacción. También intriga el involucramiento de tantas y tan variadas figuras de la Iglesia. ¿Sería solo compasión?
Hay otros dos datos que deben considerarse. Además de lo dicho sobre el primer criollo arzobispo de México, el interinato como virrey del obispo de Puebla también podría tener que ver en la actuación de los frailes que llamaron a apellidar iglesia. Si bien es posible que todo el episodio fuera una acción a favor o incluso orquestada por el propio virrey obispo… también es muy probable que fuera una reacción en su contra, no solo por el cabildo de la Catedral, sino también por los frailes. Eran tiempos muy agitados en las disputas entre los cleros y además en su relación con las instituciones civiles, especialmente en lo tocante al episcopado poblano tras la gestión del antecesor de Osorio de Escobar, Juan de Palafox.
El otro es el dato que se brinda al final: que esta mujer se habría criado en la Concepción, un convento femenino, mismo al que volvió después de este episodio, según lo consigna Guijo. No era extraño que hubiera esclavos en las instituciones eclesiásticas como los conventos y, sobre todo, niñas “criollas” como es el de este caso, frecuentemente “donadas”. Podían estarlo al servicio de una religiosa en particular o de la institución en general. Tal vez, en la historia que relata el diario, la convicta no haya intentado realmente asesinar a su ama, sino solo lastimarla para ser removida del espacio doméstico y llevada a un tribunal, ante el cual pudo denunciar una situación de maltrato que habría conducido a la autoridad judicial a ordenar su depósito, "sin castigo", como dice Guijo, en el convento de la Concepción, por ser el único antecedente de propiedad que existía respecto de su persona.
Las interrogantes sobre esta historia son, pues, muchísimas. Aun así, los datos que provee Guijo sobre este suceso notable son suficientes para echar un vistazo a varios aspectos de la vida de la ciudad de México del siglo XVII. Es posible vislumbrar el ritual de la ejecución pública de la pena capital como un espectáculo dramático e intenso. También es posible ver a un sector popular, pisoteado por la servidumbre e incluso la esclavitud, así como discriminado, entre otras formas, en las cuestiones judiciales, pero alerta por cualquier ventana de oportunidad y conseguir alguna victoria contra su opresión. Y finalmente y como hemos visto en otros casos, nos muestra el papel de la Iglesia como una institución compleja con una relación ambigua y poderosa entre las masas y las autoridades civiles.




